La pesca milagrosa

Cuando era niña vi CAPITANES INTRÉPIDOS y lloré. Hace unos días la he vuelto a ver y he vuelto a llorar. Emociona de verdad la relación que se establece entre un pescador que no sabe leer ni escribir pero que guarda un recuerdo lleno de admiración y cariño hacia su padre muerto y que sabe transmitir esta sensibilidad a un niño muy lejos de admirar a un padre con quien no tiene apenas trato pero que le da toda clase de caprichos.
Parece casi un milagro que este niño haya sido pescado por este hombre al caer al mar desde un transatlántico.
Parece también un milagro la transformación de este niño adoptado por el pescador. De repelente y soberbio, se vuelve sensible, sabe lo que es la amistad, el dolor, el recuerdo, la generosidad.

¿Por qué no le recococían
Una de las cosas que más sorprende en los relatos
de las apariciones de Jesús resucitado es la dificultad
de reconocerle que tenían los apóstoles y los discípulos.

Los discípulos de Emaús estuvieron caminando con él
quizá durante varias horas el mismo domingo de resurrección
y, sin embargo, sólo le reconocieron durante la cena en el
momento de la fracción del pan. Bien, quizá los discípulos
de Emaús le habían seguido de lejos y no habían tenido un
trato personal y continuo con el maestro. No creo que fuese
esa la razón, pero aceptémoslo.

Pero, ¿y María Magdalena? ¿Y los apóstoles, que no le
reconocieron cuando le vieron a la orilla del lago?
Definitivamente, este hecho es sorprendente y difícilmente
explicable.
Pero también es una buena prueba de la veracidad y
credibilidad de los Evangelios. No hay momento de la vida
del Señor más confuso y con tantas versiones contradictorias
como éste, que es el principal. Porque parecería importante
que todos se pusiesen de acuerdo sobre lo que pasó, si resulta
que la Resurrección es el hecho fundamental de la Redención.
Tantas discordancias podrían hacer dudar a muchos de que lo
que se cuenta sea verdad. Sin embargo, sucede todo lo contrario.
Esas discrepancias son un motivo estupendo de credibilidad.
Lo que sucedió después del domingo de Resurrección fue algo
tan sorprendente que escapa a las categorías de aquí de la tierra.
Hablamos de un cuerpo glorioso, resucitado, que ha vencido a la
muerte y goza de propiedades absolutamente sobrenaturales:
atraviesa los cuerpos opacos, puede estar en distintos sitios
a la vez y adopta aspectos distintos. No es de este mundo, pero
“aparece” en este mundo. No es de extrañar que los testigos
tuvieran experiencias distintas. Lo que es de agradecer es
precisamente que hubieran sido sinceros y veraces y que contaran
las cosas tal y como las experimentaron.

¿Por qué no le reconocían
Una primera explicación la podemos encontrar en el hecho de que J
esús quiere comunicarnos una verdad importante: entre el ser
nuestro después de la muerte y el que resucitará al fin de los
tiempos hay una continuidad esencial -el cuerpo que resucitará
será realmente el mío, mi propio cuerpo- pero también una
discontinuidad también esencial. San Pablo ponía un ejemplo muy
clarificador: entre el cuerpo mortal y el resucitado puede
establecerse una relación semejante a lo que se produce entre una
semilla y el árbol que nace de ella. Se entierra una semilla,
que es un cuerpo corruptible, y surge un ser aparentemente distinto,
un árbol. Es la misma realidad, pero en apariencias radicalmente
distintas. Pues bien, el hecho de que Jesús no fuese fácilmente
reconocible en algunas ocasiones me hace pensar que tuviera esta
finalidad: tened en cuenta que ya no estoy en este mundo con vosotros,
sino que ya pertenezco al mundo venidero.

Otra explicación la encuentro en otra de las grandes verdades
enseñadas por Jesús. Él ha venido a la tierra para que los hijos
de los hombres se conviertan en hijos de Dios. Se ha hecho una
sola carne no sólo con la humanidad en general, colectivamente
hablando, sino con cada persona humana. Es como si Jesús quisiera
decirnos que, una vez resucitado, él es todo en todos: se ha
identificado con todos y cada uno; puede ser uno cualquiera,
porque todos somos él.

Otra explicación puede encontrarse en el hecho de que para
reconocer a Jesús es siempre necesaria la fe. Mientras estuvo
en la tierra en carne mortal fueron muchos los que no creyeron
en él y no supieron reconocer al Hijo de Dios en la Tierra.
Ahora parece indicarnos que la fe sigue siendo necesaria para
reconocerle a Él, es decir, que los ojos de la carne son
insuficientes para advertir la realidad sobrenatural de Cristo.
En Emaús los discípulos le reconocieron al partir el pan,
es decir, en ese momento sublime de la Eucaristía. En el lago,
los apóstoles también acabaron reconociéndole en el momento en
que presenciaron la pesca sobreabundante de 153 peces grandes.

¿Se os ocurren otras razones?

Publicado por DonJoan

A la derecha, en la página de San Antonio una curiosa
interpretación de la barca de Pedro

Y en la página de temas literario, una poesía de
J.L.Martín Descalzo muy cercana al tema de hoy.

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