La Verdad

Acabo de leer un folletín, Falsa evidencia, de E. Philips Offenheim, Pertenece a la colección  Biblioteca de grandes novelas y me consta que mi padre leyó unos pocos en 1930, luego otros a partir de los 60, más (debido a su jubilación,
claro).
Mi abuela Sabina, era la persona más callada, y discreta que he conocido, especialmente cuando mis padres discutían por algo, callaba o daba la razón al yerno.
Nos contaba mi madre, que siempre que las nietas salíamos a la calle nos miraba desde la ventana y decía: ¡qué majas son!
Como
todas las abuelas, normal.
 

                                   

Yo la pido perdón, porque como siempre estaba tan callada, no me salía hacerle carantoñas como me hacen mis nietas y nietos. Y ahora, con los años y pensando lo que tenía que haber sufrido al perder al marido y seis hijos de los ocho que tuvo, me digo ¡cómo iba a tener ganas de comunicarse, si debía de tener el corazón destrozado por tantas penas!
Os muestro un retrato de mi abuela que pintó mi hermana; pintora formada en la Real Academia de San Fernando y de la que abriré una página para que os hagáis una idea de lo bien que pinta. Y sigue haciéndolo a pesar de sus 85 años. No para y se entusiasma porque ha pintado un besugo “que se sale del lienzo”…
¿Por qué estaba hablando de mi abuela Sabina? Pues porque
leyó muchos libros de esta colección que había en casa, y
como tengo un espíritu dado a las “secuencias” que aprendí en
un curso de Audiovisuales en Madrid, en las Paulinas, me
inclino a unir unos temas con otros (en este caso no son
imágenes, sino recuerdos, argumentos, o como queráis. Lo
podéis comprobar en las páginas literarias y de San Antonio.
 
Me está pasando lo que a mi abuela Concha, que empezaba
a comentar algo y lo enlazaba con otra cosa y al final le
decían: “Pero bueno, acaba de contar lo del principio”.
Lo del principio es la historia de una injusticia sufrida
por un militar acusado de cobardía por su hermano, lo
que le hace sufrir el desprecio de un padre que siente
deshonrado su nombre, su familia y le echa de casa,
de sus tierras y le prohibe utilizar su apellido. El caso
es que el padre adoraba a este hijo, pero es un militar
recalcitrante antes que nada. que cree ciegamente en
la justicia del tribunal militar, y no en la VERDAD
que su hijo proclama.
Pasa mil peripecias durante 25 años. Su hijo jura
a su madre aclarar la injusticia cometida contra su
padre. Tenía deseos de matar a su tío, pero lo que
hace en una ocasión es salvarle la vida y pedirle,
a cambio, que confiese su cobardía.
Pero este ser despreciable resulta que ha estado
esos 25 años sufriendo por lo que hizo, pero como
tenía hijos no quería deshonrarles también…
Vamos, que al fin van a una batalla: el padre, que
prefería morir luchando a suicidarse, el tío,
porque era el Coronel y el sobrino que estaba
¡encima! sus órdenes.
El tío, antes de morir valientemente, se confiesa
con el sobrino y le deja una carta reconociendo
su terrible fechoría. El padre, aunque herido,
se cura y vuelve a la casa del abuelo convertido en
héroe y el hijo, del “bueno” se  casa con la hija
del “malo” y todos viven felices en la gran
mansión.
Pues no tengo remedio, aunque lo comente como
en broma, al final he llorado. En cambio, con
cosas de importancia no lo hago y no es bueno,
porque se pasa peor.
 
  

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