OS FELICITO CON LA REFLEXIÓN DE MI AMIGO LUCIDIO

REFLEXIÓN SOBRE LA NAVIDAD
N
ada te turbe, nada te espante. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? (Salmo 41).  ¿Has olvidado el mandato de Pablo? “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres” (Fil. 4, 4-5).
Eres afortunado/a: el Señor ha decidido venir a ti. Te ha escogido para que seas su morada, para nacer en ti, precisamente en este momento, en esta noche, en que es rechazado por tantos hombres y mujeres que no desean alojarle en su casa.
Soy indigno, Señor. Yo también he pecado, pero, pobre y miserable como soy, te ofrezco mi casa descuidada y casi abandonada, para que te dignes nacer en ella; y, por favor, Señor, no te vayas, quédate en ella para siempre, contigo dentro estará más limpia.
A
lójate en mi casa y ponte cómodo, Señor. Yo sé que me has amado desde siempre, desde toda la eternidad, por eso has decidido venir a mí en este día tan especial de tu cumpleaños. Desearía hacerte un regalo, como acostumbramos a hacerlo a nuestros seres queridos  en fechas tan memorables, pero ¡es tan poco lo que puedo ofrecerte! Pero ¿no te importa, verdad? Sé que eso tan poquito mío Tú lo vas a hacer tuyo y lo vas  a convertir en algo grandioso. Si elegiste mi casa para habitar en ella, será porque con tu presencia la harás luminosa esta noche.
V
ivir contigo y para siempre a partir de ahora es mi mayor deseo, de tal forma que pueda decirte de verdad con tu apóstol Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en mi”. (Gal. 2, 20).
 Yo ya no soy yo, pues viviendo Tú plenamente en mí, quien me mire sólo te verá a ti. Quiero  que me inundes con tu Gracia, para que los hombres sepan que sólo Tú eres el Salvador del mundo y glorifiquen por ello al Padre. ¡Ojalá pudiera decir con tu Madre y mía: “el Señor ha hecho grandes obras por mí, su nombre es santo”! (Luc. 1, 46 – 55)
I
nflama con la fuerza de tu Espíritu Santo, mi mente y mi corazón, tantas veces olvidadizos y distraídos, y devuélvelos a la realidad de tu presencia, en la Palabra, en la Eucaristía, en la Iglesia, en  todos y cada uno de mis actos, pero sobre todo en las obras buenas de todos los que se dejan amar del Padre.
“Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz  de la tierra”(Salmo 104). ¿Cómo te vamos a dejar reinar, si nos alejamos de ti? ¿Si no te escuchamos? ¿Si no guardamos tus mandatos? ¿Si no te hemos hospedado en nuestra humilde choza? Sólo aquellos que te escuchan a ti, que eres la Palabra de Dios, y guardan tus mandatos, son dignos de ser amados por el Padre. Sólo ellos podrán ofrecerte su casa para que el Padre, el Espíritu y Tú hagáis en ella vuestra morada. (Juan 14, 23)
D
aré mi vida por ti. ¡Tantas veces he pronunciado estas palabras! Que me parecía que con ellas  expresaba mi entrega total a tu servicio y a la causa de tu Reino.  Sin embargo otras tantas te traicioné, porque como Adán y Eva en el Paraíso consciente de mí pecado “…tuve miedo y me escondí…”. (Gen. 3, 10)
Me  escondí por miedo a que me  pidieras algo más de lo que me habías regalado y como el siervo malo, enterré tu talento, para que lo encontraras intacto cuando vinieras a pedirlo, porque sabía que me ibas a pedir cuentas.( Mateo 25, 14-30).Nada produjo, todo se convirtió  en promesas incumplidas y traiciones, que hoy, ya que has  decidido, a pesar de todo, hospedarte en mi casa y venir a cenar conmigo, sabrás perdonar y llenar de alegría mi corazón como lo hiciste con  el pecador Zaqueo.( Lucas 19, 1-10)
A
brázame, Señor, y ámame con todo tu Corazón. Mucho me tienes que perdonar, pero lo harás, como lo hiciste con la pecadora, que inundó tus pies con sus lágrimas (Luc.  7, 36 – 50). Yo soy aún más pecador que ella,  pero me has amado de la misma forma, por eso sé que cuanto más me perdonas más me amas, cuanto más me amas más me perdonas.
D
anos, danos, danos. ¡Nos hemos vuelto tan pedigüeños, Señor! Pero Tú nos enseñaste a dirigirnos al Padre de esta manera: “Danos hoy nuestro pan de cada día”.  Luc. 11, 1 -4 .Nos dijiste que pidiéramos con insistencia y constancia, “Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”  Mat.  7, 8. Danos todo aquello que pedimos y todo lo que no pedimos, porque Tú sabes lo que necesitamos. Hoy nos has dado lo mejor y lo que más necesitábamos; te has dado a  ti mismo, sin reservas, sin cicaterías: siendo Dios, te has hecho hombre.
Damos, damos, damos, en compensación a tu generosidad: te restituimos lo que nos diste, pero con ello van los intereses; tu Gracia, tu talento ha rentado otro tanto.
Te damos gracias por todo lo que nos has dado y repartido; nuestro pan de cada día, si, pero como “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra salida de la boca de Dios”. (Mat. 4, 4), te damos gracias por esa Palabra, única y verdadera, salida de la boca del Padre, que eres Tú mismo. Te damos gracias por habernos redimido y salvado; por haberte quedado en la Eucaristía. Te damos gracias por habernos dado por madre a una Madre como la tuya; por habernos dejado a tu Iglesia. ¡Cuánto nos has  dado y qué poco te hemos restituido! ¡Qué cortos nos hemos quedado! De todas formas, soy feliz, porque esta Noche llamaste a mi puerta, salí, te conocí y, a pesar de mi pobreza, te di posada. Entrad, Señor, y contigo que entren también tus padres.
¡FELIZ NAVIDAD 2012!            
 Lucidio Sánchez Ortigosa.

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