Los cuatro bebés

Cuando iba con mi padre al Retiro, siempre le decía: ¡Vamos a ese banco,
que hay un niño ! Y mis momentos de mayor felicidad han sido cuando bañaba a mis hijos, cuando me sonreían o me tocaban una oreja mientras mamaban.
Al nacer mi primera hija me parecía que habían venido de nuevo los Reyes Magos. Me pareció un regalo y algo tan mío. ¡Entonces sí que eran míos
mis hijos! Luego, gracias a Dios he sabido asumir que no lo eran, que
eran suyos.                                           

En el programa FRONTERA de la radio 1, he escuchado esta madrugada,
de tremenda tormenta, una crítica sobre la película, más bien documental, BEBÉS.

El documental “Bebés” será del agrado del público porque ver cómo crecen cuatro bebés en diferentes zonas del mundo resultará bastante ameno.
En este documental veremos los primeros meses de vida de Ponijao, Bayarjargal, Mari y Hattie, cuatro bebés de Namibia, Japón, Estados Unidos y Mongolia.
El documental ha sido dirigido por el realizador francés Thomas Balmès.
Los niños son, respectivamente en orden de aparicin: Ponijao, quién vive con su familia cerca de Opuwo, Namibia; Bayarjargal, quién vive con su familia en Mongolia, cerca de Bayanchandmani; Mari, quién vive con su familia en Tokio, Japón; y Hattie, quién vive con su familia en San Francisco, EE.UU.
Es una experiencia visual y sensorial que nos muestra las más básicas de las emociones. “Nuestra forma para filmar esta película fue meticulosa y metódica así como los resultados son sorprendentes y adorables. Ninguna escena fue preparada. Dejamos que la magia y los milagros ocurrieran a su propio tiempo”, sostiene el director Thomas Balmès.

Si entráis en You tube, podéis visionarlo completo gratuitamente.
                                             
                                                 

Dadles vosotros de comer

Hoy se narra en el Evangelio el milagro de la multiplicación de los panes

y encuentro muy interesante el artículo que os presento.
El evangelista Mateo no se preocupa de los detalles del relato. Sólo le interesa enmarcar la escena presentando a Jesús en medio de la «gente» en actitud de «compasión». Lo hace también en otras ocasiones. Esta compasión está en el origen de toda su actuación.
Jesús no vive de espaldas a la gente, encerrado en sus ocupaciones religiosas, e indiferente al dolor de aquel pueblo. «Ve el gentío, le da lástima y cura a los enfermos». Su experiencia de Dios le hace vivir aliviando el sufrimiento y saciando el hambre de aquellas pobres gentes. Así ha de vivir la Iglesia que quiera hacer presente a Jesús en el mundo de hoy.
El tiempo pasa y Jesús sigue ocupado en curar. Los discípulos le interrumpen con una propuesta: «Es muy tarde; lo mejor es “despedir” a aquella gente y que cada uno se “compre” algo de comer». No han aprendido nada de Jesús. Se desentienden de los hambrientos y los dejan en manos de las leyes económicas dominadas por los terratenientes: que se «compren comida». ¿Qué harán quienes no pueden comprar?

Jesús les replica con una orden lapidaria que los cristianos satisfechos de los países ricos no queremos ni escuchar: «Dadles vosotros de comer». Frente al «comprar», Jesús propone el «dar de comer». No lo puede decir de manera más rotunda. El vive gritando al Padre: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Dios quiere que todos sus hijos e hijas tengan pan, también quienes no lo pueden comprar.
Los discípulos siguen escépticos. Entre la gente sólo hay cinco panes y dos peces. Para Jesús es suficiente: si compartimos lo poco que tenemos, se puede saciar el hambre de todos; incluso, pueden «sobrar» doce cestos de pan. Esta es su alternativa. Una sociedad más humana, capaz de compartir su pan con los hambrientos, tendrá recursos suficientes para todos.

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La Verdad

Acabo de leer un folletín, Falsa evidencia, de E. Philips Offenheim, Pertenece a la colección  Biblioteca de grandes novelas y me consta que mi padre leyó unos pocos en 1930, luego otros a partir de los 60, más (debido a su jubilación,
claro).
Mi abuela Sabina, era la persona más callada, y discreta que he conocido, especialmente cuando mis padres discutían por algo, callaba o daba la razón al yerno.
Nos contaba mi madre, que siempre que las nietas salíamos a la calle nos miraba desde la ventana y decía: ¡qué majas son!
Como
todas las abuelas, normal.
 

                                   

Yo la pido perdón, porque como siempre estaba tan callada, no me salía hacerle carantoñas como me hacen mis nietas y nietos. Y ahora, con los años y pensando lo que tenía que haber sufrido al perder al marido y seis hijos de los ocho que tuvo, me digo ¡cómo iba a tener ganas de comunicarse, si debía de tener el corazón destrozado por tantas penas!
Os muestro un retrato de mi abuela que pintó mi hermana; pintora formada en la Real Academia de San Fernando y de la que abriré una página para que os hagáis una idea de lo bien que pinta. Y sigue haciéndolo a pesar de sus 85 años. No para y se entusiasma porque ha pintado un besugo “que se sale del lienzo”…
¿Por qué estaba hablando de mi abuela Sabina? Pues porque
leyó muchos libros de esta colección que había en casa, y
como tengo un espíritu dado a las “secuencias” que aprendí en
un curso de Audiovisuales en Madrid, en las Paulinas, me
inclino a unir unos temas con otros (en este caso no son
imágenes, sino recuerdos, argumentos, o como queráis. Lo
podéis comprobar en las páginas literarias y de San Antonio.
 
Me está pasando lo que a mi abuela Concha, que empezaba
a comentar algo y lo enlazaba con otra cosa y al final le
decían: “Pero bueno, acaba de contar lo del principio”.
Lo del principio es la historia de una injusticia sufrida
por un militar acusado de cobardía por su hermano, lo
que le hace sufrir el desprecio de un padre que siente
deshonrado su nombre, su familia y le echa de casa,
de sus tierras y le prohibe utilizar su apellido. El caso
es que el padre adoraba a este hijo, pero es un militar
recalcitrante antes que nada. que cree ciegamente en
la justicia del tribunal militar, y no en la VERDAD
que su hijo proclama.
Pasa mil peripecias durante 25 años. Su hijo jura
a su madre aclarar la injusticia cometida contra su
padre. Tenía deseos de matar a su tío, pero lo que
hace en una ocasión es salvarle la vida y pedirle,
a cambio, que confiese su cobardía.
Pero este ser despreciable resulta que ha estado
esos 25 años sufriendo por lo que hizo, pero como
tenía hijos no quería deshonrarles también…
Vamos, que al fin van a una batalla: el padre, que
prefería morir luchando a suicidarse, el tío,
porque era el Coronel y el sobrino que estaba
¡encima! sus órdenes.
El tío, antes de morir valientemente, se confiesa
con el sobrino y le deja una carta reconociendo
su terrible fechoría. El padre, aunque herido,
se cura y vuelve a la casa del abuelo convertido en
héroe y el hijo, del “bueno” se  casa con la hija
del “malo” y todos viven felices en la gran
mansión.
Pues no tengo remedio, aunque lo comente como
en broma, al final he llorado. En cambio, con
cosas de importancia no lo hago y no es bueno,
porque se pasa peor.
 
  

No juzgues y no serás juzgado

Hoy, despues de leer el Evangelio del día: Juan 3, 16-21, en el que se dice
que Dios no mandó a su Hijo para juzgar al mundo,  pienso la de veces
que juzgamos nosotros, que no somos nadie en comparación con Él,  las conductas ajenas; que pensamos mal, así, porque si. Pero no aceptamos
que nadie nos juzgue, porque no creemos dar motivo para ello. Como el
fariseo que se creia mejor que aquel pobre que rezaba humildemente.

 Encuentro en los sermones de San Antonio, el de La brizna en el ojo del hermano, que dice grandes verdades.

Inserto un vídeo muy apropiado, y en la página de literatura, etc, un cuento
que sigue abriendo los ojos a los mal pensados.

Ternura salvaje

Para suavizar la dureza de las imágenes de ayer sobre la violencia, resulta muy aleccionador el vídeo que os paso a continuación.

A veces los animales son mejores que las personas.

                     

Kenin Richardson, el hombre que susurra a los leones, trabaja en una reserva
cerca de Johannesburg, en África del Sur.

Trabaja con guepardos, leones  y hasta con las imprevisibles hienas.

El 2 de Mayo

Como  madrileña, me dice mucho este día. Especialmente me ha hecho recordar dos cuadros de GOYA que vi en el ´Museo del Prado más de una  vez, pues mis padres nos llevaban allí mucho de pequeñas; a mi hermana y a mí.

                                          Pintado por Vicente López

Uno, LA PELEA A GARROTAZOS, que es tremendo y el de LOS FUSILA-
MIENTOS. Bueno, bueno y no digamos ¡ que se me olvidaba  uno que es peor
que la película “Viernes 13” ¡SATURNO COMIÉNDOSE A SU HIJO!

Me impresionaron tanto que no los puedo olvidar. El tercero no pega para hoy,
parque estoy pensando en el 2 de mayo, en la que se armó en Madrid; una batalla en la que intervino todo el pueblo, mujeres y hombres ¡y la ganaron!
pero como siempre, a costa de muchas muertes. Y es lo que podemos ver en
el cuadro de GOYA, que vivió el momento y supo dejarlo plasmado en
esta pintura.                                        

Qué expresiones, qué dramatismo, Dios mío, y pensar que sigue pasando lo mismo hoy día y ya ni pintores necesitamos porque comemos y bebemos viendo en el telediario toda la injusticia, todo el dolor  que los hombres siguen
haciéndendose unos a otros. Y decimos ¿Hasta cuando?

Creo oportuno incluir en las meditaciones de San Antonio la de “Cólera contra
el hermano”. Hoy han matado a un colérico, pero seguirán haciendo de las suyas. Y es como el cuento de nunca acabar…

http://misfondos.com.es/wallpaper/Goya-Pintor/

MAYO, MES DE LA VIRGEN MARÍA

 Hoy, que es un día ¡de tanta alegría para los cristianos!, y además, el primer día de Mayo, el mes de las flores a María, que yo recuerdo con cariño, pues en mi infancia, el ser elegida para decorar el altar a la Virgen con flores era un gran honor.

Además de este día de nuestra Madre, la del cielo, es el día de la madre de este mundo, y yo recuerdo con inmenso cariño a mi madre, que Dios tenga en su gloria. Felicito a todas las madres y deseo que sus hijos las quieran como yo quise a la mía y como me quieren a mí mis hijos

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La Virgen María, Madre de Jesús
Catequesis de Juan Pablo II
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El rostro materno de María en los primeros siglos
Catequesis de Juan Pablo II (13-IX-95)
1. En la constitución Lumen gent
ium, el Concilio afirma que
«los fieles unidos a Cristo, su
Cabeza, en comunión con
todos los santos, conviene
también que veneren la
memoria “ante todo de la
gloriosa siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo nuestro
Dios y Señor”» (n. 52). La constitución
conciliar utiliza los términos del canon
romano de la misa, destacando así
el hecho de que la fe en la maternidad divina de María está presente
en el pensamiento cristiano ya desde los primeros siglos.
En la Iglesia naciente, a María se la recuerda con el título de Madre de
Jesús. Es el mismo Lucas quien, en los Hechos de los Apóstoles, le
atribuye este título, que, por lo demás, corresponde a cuanto
se dice en los evangelios: «¿No es éste (…) el hijo de María?»,
se preguntan los habitantes de Nazaret, según el relato del evangelista
san Marcos (6,3).
«¿No se llama su madre María?», es la pregunta que refiere san Mateo
(13,55).
2. A los ojos de los discípulos, congregados después de la Ascensión, el
título de Madre de Jesús adquiere todo su significado. María es para
ellos una persona única en su género: recibió la gracia singular de
engendrar al Salvador de la humanidad, vivió mucho tiempo junto a él,
y en el Calvario el Crucificado le pidió que ejerciera una nueva
maternidad con respecto a su discípulo predilecto y, por medio de él,
con relación a toda la Iglesia.
Para quienes creen en Jesús y lo siguen, Madre de Jesús es un título de
honor y veneración, y lo seguirá siendo siempre en la vida y en la fe de la
Iglesia. De modo particular, con este título los cristianos quieren afirmar
que nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la
mujer que lo engendró en el Espíritu según la naturaleza humana.
Su función materna afecta también al nacimiento y al desarrollo de la
Iglesia. Los fieles, recordando el lugar que ocupa María en la vida
de Jesús, descubren todos los días su presencia eficaz también en
su propio itinerario espiritual.
La maternidad virginal, reconocida y proclamada por la fe de los
Padres, nunca jamás podrá separarse de la identidad de Jesús, verdadero
hombre y verdadero Dios, dado que nació de María, la Virgen, como
profesamos en el símbolo niceno-constantinopolitano. María es la única
virgen que es también madre. La extraordinaria presencia simultánea de
estos dos dones en la persona de la joven de Nazaret impulsó a los
cristianos a llamar a María sencillamente la Virgen, incluso cuando
celebran su maternidad.
Así, la virginidad de María inaugura en la comunidad cristiana la difusión
de la vida virginal, abrazada por los que el Señor ha llamado a ella. Esta
vocación especial, que alcanza su cima en el ejemplo de Cristo,
constituye para la Iglesia de todos los tiempos, que encuentra en
María su inspiración y su modelo, una riqueza espiritual inconmensurable.
4. La afirmación: «Jesús nació de María, la Virgen», implica ya
que en este acontecimiento se halla presente un misterio trascendente,
que sólo puede hallar su expresión más completa en la verdad de la
filiación divina de Jesús. A esta formulación central de la fe
cristiana está estrechamente unida la verdad de la maternidad divina de
María. En efecto, ella es Madre del Verbo encarnado, que es «Dios
de Dios (…), Dios verdadero de Dios verdadero».
El título de Madre de Dios, ya testimoniado por Mateo en la fórmula
equivalente de Madre del Emmanuel, Dios con nosotros (cf. Mt 1,23),
se atribuyó explícitamente a María sólo después de una reflexión
que duró alrededor de dos siglos. Son los cristianos del siglo III quienes,
en Egipto, comienzan a invocar a María como Theotókos, Madre de Dios.
Con este título, que encuentra amplio eco en la devoción del pueblo
cristiano, María aparece en la verdadera dimensión de su maternidad:
es madre del Hijo de Dios, a quien engendró virginalmente según la
naturaleza humana y educó con su amor materno, contribuyendo al
crecimiento humano de la persona divina, que vino para transformar el
destino de la humanidad.
5. De modo muy significativo, la más antigua plegaria a María
(Sub tuum praesidium…, «Bajo tu amparo…») contiene la invocación:
Theotókos, Madre de Dios. Este título no es fruto de una reflexión de
los teólogos, sino de una intuición de fe del pueblo cristiano. Los que
reconocen a Jesús como Dios se dirigen a María como Madre de Dios
y esperan obtener su poderosa ayuda en las pruebas de la vida.
El concilio de Efeso, en el año 431, define el dogma de la maternidad
divina, atribuyendo oficialmente a María el título de Theotókos, con
referencia a la única persona de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Las tres expresiones con las que la Iglesia ha ilustrado a lo largo de los
siglos su fe en la maternidad de María: Madre de Jesús, Madre virginal
y Madre de Dios, manifiestan, por tanto, que la maternidad de María
pertenece íntimamente al misterio de la Encarnación. Son afirmaciones
doctrinales, relacionadas también con la piedad popular, que contribuyen
a definir la identidad misma de Cristo.
[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 15-IX-95]

María en el nacimiento de Jesús
Catequesis de Juan Pablo II (20-XI-96)
1. En la narración del nacimiento de Jesús, el evangelista Lucas
refiere algunos datos que ayudan a comprender mejor el significado
de ese acontecimiento.
Ante todo, recuerda el censo ordenado por César Augusto, que obliga a
José, «de la casa y familia de David», y a María, su esposa, a dirigirse
«a la ciudad de David, que se llama Belén» (Lc 2,4).
Al informarnos acerca de las circunstancias en que se realizan el viaje y
el parto, el evangelista nos presenta una situación de austeridad y de
pobreza, que permite vislumbrar algunas características fundamentales
del reino mesiánico: un reino sin honores ni poderes terrenos, que
pertenece a Aquel que, en su vida pública, dirá de sí mismo: «El Hijo
del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58).
2. El relato de san Lucas presenta algunas anotaciones,
aparentemente poco importantes, con el fin de estimular al lector a
una mayor comprensión del misterio de la Navidad y de los
sentimientos de la Virgen al engendrar al Hijo de Dios.
La descripción del acontecimiento del parto, narrado de forma sencilla,
presenta a María participando intensamente en lo que se realiza en ella:
«Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo
acostó en un pesebre» (Lc 2,7). La acción de la Virgen es el resultado
de su plena disponibilidad a cooperar en el plan de Dios, manifestada
ya en la Anunciación con su «Hágase en mi según tu voluntad» (Lc 1,38).
María vive la experiencia del parto en una situación de suma pobreza:
no puede dar al Hijo de Dios ni siquiera lo que suelen ofrecer las
madres a un recién nacido; por el contrario, debe acostarlo «en un
pesebre», una cuna improvisada que contrasta con la dignidad
del «Hijo del Altísimo».
3. El evangelio explica que «no había sitio para ellos en el alojamiento»
(Lc 2,7). Se trata de una afirmación que, recordando el texto del
prólogo de san Juan: «Los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11), casi
anticipa los numerosos rechazos que Jesús sufrirá en su vida terrena.
La expresión «para ellos» indica un rechazo tanto para el Hijo como para
su Madre, y muestra que María ya estaba asociada al destino de
sufrimiento de su Hijo y era partícipe de su misión redentora.
Jesús, rechazado por los «suyos», es acogido por los pastores, hombres
rudos y no muy bien considerados, pero elegidos por Dios para ser los
primeros destinatarios de la buena nueva del nacimiento del Salvador.
El mensaje que el ángel les dirige es una invitación a la alegría: «Os
anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo» (Lc 2,10),
acompañada por una exhortación a vencer todo miedo: «No temáis».
En efecto, la noticia del nacimiento de Jesús representa para ellos, como
para María en el momento de la Anunciación, el gran signo de la
benevolencia divina hacia los hombres. En el divino Redentor,
contemplado en la pobreza de la cueva de Belén, se puede descubrir una
invitación a acercarse con confianza a Aquel que es la esperanza de la
humanidad.
El cántico de los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra
paz a los hombres en quienes él se complace», que se puede traducir
también por «los hombres de la benevolencia» (Lc 2,14), revela a los
pastores lo que María había expresado en su Magníficat: el nacimiento
de Jesús es el signo del amor misericordioso de Dios, que se
manifiesta especialmente hacia los humildes y los pobres.
4. A la invitación del ángel los pastores responden con entusiasmo y
prontitud: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el
Señor nos ha manifestado» (Lc 2,15).
Su búsqueda tiene éxito: «Encontraron a María y a José, y al niño»
(Lc 2,16). Como nos recuerda el Concilio, «la Madre de Dios muestra
con alegría a los pastores (…) a su Hijo primogénito» (Lumen gentium,
57). Es el acontecimiento decisivo para su vida.
El deseo espontáneo de los pastores de referir «lo que les habían dicho
acerca de aquel niño» (Lc 2,17), después de la admirable experiencia del
encuentro con la Madre y su Hijo, sugiere a los evangelizadores de
todos los tiempos la importancia, más aún, la necesidad de una profunda
relación espiritual con María, que permita conocer mejor a Jesús y
convertirse en heraldos jubilosos de su Evangelio de salvación.
Frente a estos acontecimientos extraordinarios, san Lucas nos dice
que María «guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón»
(Lc 2,19). Mientras los pastores pasan del miedo a la admiración y a la
alabanza, la Virgen, gracias a su fe, mantiene vivo el recuerdo
de los acontecimientos relativos a su Hijo y los profundiza con el
método de la meditación en su corazón, o sea, en el núcleo más
íntimo de su persona. De ese modo, ella sugiere a otra madre, la
Iglesia, que privilegie el don y el compromiso de la contemplación y de la
reflexión teológica, para poder acoger el misterio de la salvación,
comprenderlo más y anunciarlo con mayor impulso a los hombres de
todos los tiempos.
[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 22-XI-96]

María, Madre de Dios
Catequesis de Juan Pablo II (27-XI-96)
1. La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha
impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen santísima
como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de
Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros
siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe
de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el
año 431 por el concilio de Éfeso.
En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la
conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que
María es la Theotókos, la Madre de Dios. Se trata de un título que
no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la
«Madre de Jesús» y se afirma que él es Dios (Jn 20,28; cf. 5,18;
10,30.33).
Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa
Dios con nosotros (cf. Mt 1,22-23).
Ya en el siglo III, como se deduce de un antiguo testimonio escrito, los
cristianos de Egipto se dirigían a María con esta oración: «Bajo tu
amparo nos acogemos, santa Madre de Dios: no desoigas la oración de
tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen
gloriosa y bendita» (Liturgia de las Horas). En este antiguo testimonio
aparece por primera vez de forma explícita la expresión Theotókos,
«Madre de Dios».
En la mitología pagana a menudo alguna diosa era presentada como
madre de algún dios. Por ejemplo, Zeus, dios supremo, tenía por madre
a la diosa Rea. Ese contexto facilitó, tal vez, en los cristianos el
uso del título Theotókos, «Madre de Dios», para la madre de Jesús.
Con todo, conviene notar que este título no existía, sino que fue
creado por los cristianos para expresar una fe que no tenía nada que
ver con la mitología pagana, la fe en la concepción virginal, en el seno de
María, de Aquel que era desde siempre el Verbo eterno de Dios.
2. En el siglo IV, el término Theotókos ya se usa con frecuencia tanto
en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada
vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar
parte del patrimonio de fe de la Iglesia.
Por ello se comprende el gran movimiento de protesta que surgió en
el siglo V cuando Nestorio puso en duda la legitimidad del título «Madre
de Dios». En efecto, al pretender considerar a María sólo como madre
del hombre Jesús, sostenía que sólo era correcta doctrinalmente
la expresión «Madre de Cristo». Lo que indujo a Nestorio a ese e
rror fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de la persona de
Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas
-divina y humana- presentes en él.
El concilio de Efeso, en el año 431, condenó sus tesis y, al afirmars la
subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la
única persona del Hijo, proclamó a María Madre de Dios.
3. Las dificultades y las objeciones planteadas por Nestorio nos brindan
la ocasión de hacer algunas reflexiones útiles para comprender e
interpretar correctamente ese título. La expresión Theotókos, que
literalmente significa «la que ha engendrado a Dios», a primera vista
puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es
posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe
de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere sólo a la
generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El
Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es
consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María
no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años,
tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz.
Así pues, al proclamar a María «Madre de Dios», la Iglesia desea afirmar
que ella es la «Madre del Verbo encarnado, que es Dios». Su maternidad,
por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda
Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana.
La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es
madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de l
a persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la
naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre
de Dios.
4. Cuando proclama a María «Madre de Dios», la Iglesia profesa con
una única expresión su fe en el Hijo y en la Madre. Esta unión aparece
ya en el concilio de Éfeso; con la definición de la maternidad divina de
María los padres querían poner de relieve su fe en la divinidad de Cristo.
A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre la oportunidad de
reconocer a María ese título, los cristianos de todos los tiempos,
interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han
convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y
de su amor a la Virgen.
En la Theotókos la Iglesia, por una parte, encuentra la garantía de la
realidad de la Encarnación, porque, como afirma san Agustín, «si la
Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (…) y serían ficticias
también las cicatrices de la resurrección» (Tract. in Ev. Ioannis, 8,6-7).
Y, por otra, contempla con asombro y celebra con veneración la inmensa
grandeza que confirió a María Aquel que quiso ser hijo suyo. La expresión
«Madre de Dios» nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación
asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la
filiación divina. Pero ese título, a la luz de la sublime dignidad
concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la
mujer y su altísima vocación. En efecto, Dios trata a María como
persona libre y responsable y no realiza la encarnación de su Hijo sino
después de haber obtenido su consentimiento.
Siguiendo el ejemplo de los antiguos cristianos de Egipto, los
fieles se encomiendan a Aquella que, siendo Madre de Dios, puede
obtener de su Hijo divino las gracias de la liberación de los peligros
y de la salvación eterna.
[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 29-XI-96]

María, educadora del Hijo de Dios
Catequesis de Juan Pablo II (4-XII-96)
1. Aunque se realizó por obra del Espíritu Santo y de una Madre
Virgen, la generación de Jesús, como la de todos los hombres, pasó por
las fases de la concepción, la gestación y el parto. Además, la maternidad
de María no se limitó exclusivamente al proceso biológico de la
generación, sino que, al igual que sucede en el caso de cualquier otra
madre, también contribuyó de forma esencial al crecimiento y desarrollo
de su hijo.
No sólo es madre la mujer que da a luz un niño, sino también la que lo
cría y lo educa; más aún, podemos muy bien decir que la misión de educar
es, según el plan divino, una prolongación natural de la procreación.
María es Theotókos, Madre de Dios, no sólo porque engendró y dio a luz
al Hijo de Dios, sino también porque lo acompañó en su crecimiento
humano.
2. Se podría pensar que Jesús, al poseer en sí mismo la plenitud de la
divinidad, no tenía necesidad de educadores. Pero el misterio de la
Encarnación nos revela que el Hijo de Dios vino al mundo en una
condición humana totalmente semejante a la nuestra, excepto en el
pecado (cf. Hb 4,15). Como acontece con todo ser humano, el
crecimiento de Jesús, desde su infancia hasta su edad adulta (cf. Lc 2,40),
requirió la acción educativa de sus padres.
El evangelio de san Lucas, particularmente atento al período de la infancia,
narra que Jesús en Nazaret se hallaba sujeto a José y a María (cf. Lc 2,51).
Esa dependencia nos demuestra que Jesús tenía la disposición de recibir
y estaba abierto a la obra educativa de su madre y de José, que cumplían
su misión también en virtud de la docilidad que él manifestaba siempre.
3. Los dones especiales, con los que Dios había colmado a María, la
hacían especialmente apta para desempeñar la misión de madre y educadora.
En las circunstancias concretas de cada día, Jesús podía encontrar en ella un
modelo para seguir e imitar, y un ejemplo de amor perfecto a Dios y
a los hermanos.
Además de la presencia materna de María, Jesús podía contar con la figura
paterna de José, hombre justo (cf. Mt 1,19), que garantizaba el necesario
equilibrio de la acción educadora. Desempeñando la función de padre, José
cooperó con su esposa para que la casa de Nazaret fuera un ambiente
favorable al crecimiento y a la maduración personal del Salvador de la
humanidad. Luego, al enseñarle el duro trabajo de carpintero, José
permitió a Jesús insertarse en el mundo del trabajo y en la vida social.
4. Los escasos elementos que el evangelio ofrece no nos permiten conocer
y valorar completamente las modalidades de la acción pedagógica de
María con respecto a su Hijo divino. Ciertamente, ella fue, junto con José,
quien introdujo a Jesús en los ritos y prescripciones de Moisés, en la
oración al Dios de la alianza mediante el uso de los salmos y en la
historia del pueblo de Israel, centrada en el éxodo de Egipto. De ella
y de José aprendió Jesús a frecuentar la sinagoga y a realizar la
peregrinación anual a Jerusalén con ocasión de la Pascua.
Contemplando los resultados, ciertamente podemos deducir que la obra
educativa de María fue muy eficaz y profunda, y que encontró en la
psicología humana de Jesús un terreno muy fértil.

5. La misión educativa de María, dirigida a un hijo tan singular, presenta

algunas características particulares con respecto al papel que desempeñan
las demás madres. Ella garantizó solamente las cosndiciones favorables
para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores
esenciale del crecimiento, ya presentes en el hijo. Por ejemplo, el hecho de
que en Jesús no hubiera pecado exigía de María una orientación siempre
positiva, excluyendo intervenciones encaminadas a corregir. Además,
aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las
tradiciones del pueblo de Israel, será él quien revele, desde el episodio de
su pérdida y encuentro en el templo, su plena conciencia de ser el Hijo
de Dios, enviado a irradiar la verdad en el mundo, siguiendo
exclusivamente la voluntad del Padre. De «maestra» de su hijo, María
se convirtió así en humilde discípula del divino Maestro, engendrado por
ella.
Permanece la grandeza de la tarea encomendada a la Virgen Madre: ayudó
a su Hijo Jesús a crecer, desde la infancia hasta la edad adulta, «en
sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2,52) y a formarse para su misión.
María y José aparecen, por tanto, como modelos de todos los educadores.
Los sostienen en las grandes dificultades que encuentra hoy la familia
y les muestran el camino para lograr una formación profunda y eficaz de
loshijos.
Su experiencia educadora constituye un punto de referencia seguro para
los padres cristianos, que están llamados, en condiciones cada vez más
complejas y difíciles, a ponerse al servicio del desarrollo integral de la
persona de sus hijos, para que lleven una vida digna del hombre y que
corresponda al proyecto de Dios.
[L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 6-XII-96]
.

¡Mañana día de alegría!

Sí, mañana tendremos un Juan Pablo II Beato y es una gran alegría para toda la Iglesia. El Vaticano se vestirá de fiesta y allí acudirán miles de personas para celebrarlo. Muchos lo haremos desde nuestras casas, gracias a la televisión.

¿También se reirá mañana? Puede que sí porque diga que no se merece ese despliegue de
reconocimiento de su  santidad. Tenía un carisma increible, gustaba a la gente. Era muy guapo,
cantaba muy bien. Tenía una voz que llegaba a mayores y jóvenes. Estos últimos eran sus
preferidos.

Pero además de ser sencillo era sabio, quería la unión de las Iglesias, viajó como nunca lo
hizo ningún Papa. Esperemos ahora a que se realice otro milagro después de su beatificaión
para que sea San Pablo II.

Inserto un artículo  que considero muy interesante.

ROMA, 30 Abr. (EUROPA PRESS) –
   La religiosa de la Orden de las Hermanitas de la Maternidad, sor Marie Simón Pierre, cuya curación de la enfermedad del Parkinson permitirá mañana la beatificación de Juan Pablo II, explicará esta noche que  su curación “es un misterio muy difícil de explicar con palabras”, durante su tesimonio en la Vigilia de oración que tendrá lugar en el Circo Máximo de Roma, en la víspera de la beatificación del Pontífice.

   Simón Pierre se siente “pequeña ante una gracia tan grande”. Antes de la curación,”aceptaba estar en una silla de ruedas” durante toda su vida porque, según ha explicado, su consagración religiosa “no se habría debilitado” y la enfermedad no le impediría “desarrollarla hasta el final”, según un adelante del testimonio de la religiosa facilitado por la Sala de Prensa del Vaticano.
   La religiosa recuerda que “no toma medicinas desde hace seis años” y  que desde su curación ha continuado “un ritmo normal” aunque, “nada es como antes” y su vida interior “es cada vez más profunda”.

NO PODÍA VER A JUAN PABLO II EN TELEVISIÓN

   Como “sufría la enfermedad del Párkinson desde el año 2001”, después del diagnóstico “tenía dificultad” para mirar a Juan pablo II en la televisión” porque “le mostraba la imagen de su misma enfermedad”. Sin embargo, siempre le admiró la humildad” del Papa polaco.
   Los signos de la enfermedad se agravaron en las semanas sucesivas del fallecimiento de Juan Pablo II y el 2 de junio de 2005 pidió a la superiora, sor Marie Thomas, que encontrase otra religiosa que asumiera la responsabilidad del servicio de la Maternidad Católica  donde trabajaba.
   Por su parte, la madre superiora pidió a sor Marie que “esperase a volver del peregrinaje a Lourdes que tenía que hacer en agosto” y le recordó que “todas las comunidades de la congregación estaban rezando a Juan Pablo II por su curación”.
   “Me pidió que escribiera su nombre cuando no podía escribir y finalmente escribí el nombre de Juan Pablo II”, rememora la religiosa. Ambas, según explica, se quedaron ambas rezando ante la caligrafía “ilegible”.
   Desde el 14 de mayo de 2005, toda la Congregación había comenzado, sin interrupción, una novena para pedir su curación también “esperando que el milagro contribuyese a la causa de beatificación de este Papa que había sido tan importante para el Instituto”.
   La religiosa recuerda que se curó “en la noche del 2 al 3 de mayo de 2005. “Durante la noche, me levanté de un salto y bajé al oratorio de la Casa de la Comunidad para rezar al Santísimo Sacramento porque me invadió una paz inmensa, una sensación de bienestar”, narra la religiosa.
   Además, sor Marie destaca que sucesivamente meditó los misterios Luminosos del Rosario, instituidos por Juan Pablo II y se quedó rezando hasta las 06,00 horas, para después unirse a las oraciones habituales con la Comunidad.
   La religiosa tenía que recorrer alrededor de 50 metros hasta la capilla de la comunidad y que, en el recorrido, “el brazo izquierdo, que antes estaba como muerto a causa de la enfermedad, volvió a moverse” al mismo tiempo que experimentó “una ligereza en el cuerpo, una agilidad que no sentía desde hacía tiempo”.
   El 3 de junio, según recuerda la monja, al finalizar la misa “estaba convencida de estar curada” porque “la mano izquierda ya no temblaba” y “su rostro se había transformado”, a la vez que comenzó de nuevo a escribir.
   Sor Marie Simón subraya que al mediodía interrumpió todas las terapias y por la tarde puso al corriente a la superiora, aunque no dijeron nada hasta el 7 de junio, el día de la cita reservada con el neurólogo.
   “El siete de junio, como estaba previsto, me analizó el neurólogo, quien constató con gran sorpresa la desaparición de todos los signos clínicos, algo que era imposible de comprender en mi estado porque desde hacía cinco días no tomaba fármacos”, ha recordado la religiosa.
   Según explica la hermana Marie Simón, tras su curación prometió que “iría hasta el final para que Juan Pablo II fuera reconocido beato y después santo” y “hasta el final por la Iglesia, para que el mundo crea y para que la vida sea respetada”.

La pesca milagrosa

Cuando era niña vi CAPITANES INTRÉPIDOS y lloré. Hace unos días la he vuelto a ver y he vuelto a llorar. Emociona de verdad la relación que se establece entre un pescador que no sabe leer ni escribir pero que guarda un recuerdo lleno de admiración y cariño hacia su padre muerto y que sabe transmitir esta sensibilidad a un niño muy lejos de admirar a un padre con quien no tiene apenas trato pero que le da toda clase de caprichos.
Parece casi un milagro que este niño haya sido pescado por este hombre al caer al mar desde un transatlántico.
Parece también un milagro la transformación de este niño adoptado por el pescador. De repelente y soberbio, se vuelve sensible, sabe lo que es la amistad, el dolor, el recuerdo, la generosidad.

¿Por qué no le recococían
Una de las cosas que más sorprende en los relatos
de las apariciones de Jesús resucitado es la dificultad
de reconocerle que tenían los apóstoles y los discípulos.

Los discípulos de Emaús estuvieron caminando con él
quizá durante varias horas el mismo domingo de resurrección
y, sin embargo, sólo le reconocieron durante la cena en el
momento de la fracción del pan. Bien, quizá los discípulos
de Emaús le habían seguido de lejos y no habían tenido un
trato personal y continuo con el maestro. No creo que fuese
esa la razón, pero aceptémoslo.

Pero, ¿y María Magdalena? ¿Y los apóstoles, que no le
reconocieron cuando le vieron a la orilla del lago?
Definitivamente, este hecho es sorprendente y difícilmente
explicable.
Pero también es una buena prueba de la veracidad y
credibilidad de los Evangelios. No hay momento de la vida
del Señor más confuso y con tantas versiones contradictorias
como éste, que es el principal. Porque parecería importante
que todos se pusiesen de acuerdo sobre lo que pasó, si resulta
que la Resurrección es el hecho fundamental de la Redención.
Tantas discordancias podrían hacer dudar a muchos de que lo
que se cuenta sea verdad. Sin embargo, sucede todo lo contrario.
Esas discrepancias son un motivo estupendo de credibilidad.
Lo que sucedió después del domingo de Resurrección fue algo
tan sorprendente que escapa a las categorías de aquí de la tierra.
Hablamos de un cuerpo glorioso, resucitado, que ha vencido a la
muerte y goza de propiedades absolutamente sobrenaturales:
atraviesa los cuerpos opacos, puede estar en distintos sitios
a la vez y adopta aspectos distintos. No es de este mundo, pero
“aparece” en este mundo. No es de extrañar que los testigos
tuvieran experiencias distintas. Lo que es de agradecer es
precisamente que hubieran sido sinceros y veraces y que contaran
las cosas tal y como las experimentaron.

¿Por qué no le reconocían
Una primera explicación la podemos encontrar en el hecho de que J
esús quiere comunicarnos una verdad importante: entre el ser
nuestro después de la muerte y el que resucitará al fin de los
tiempos hay una continuidad esencial -el cuerpo que resucitará
será realmente el mío, mi propio cuerpo- pero también una
discontinuidad también esencial. San Pablo ponía un ejemplo muy
clarificador: entre el cuerpo mortal y el resucitado puede
establecerse una relación semejante a lo que se produce entre una
semilla y el árbol que nace de ella. Se entierra una semilla,
que es un cuerpo corruptible, y surge un ser aparentemente distinto,
un árbol. Es la misma realidad, pero en apariencias radicalmente
distintas. Pues bien, el hecho de que Jesús no fuese fácilmente
reconocible en algunas ocasiones me hace pensar que tuviera esta
finalidad: tened en cuenta que ya no estoy en este mundo con vosotros,
sino que ya pertenezco al mundo venidero.

Otra explicación la encuentro en otra de las grandes verdades
enseñadas por Jesús. Él ha venido a la tierra para que los hijos
de los hombres se conviertan en hijos de Dios. Se ha hecho una
sola carne no sólo con la humanidad en general, colectivamente
hablando, sino con cada persona humana. Es como si Jesús quisiera
decirnos que, una vez resucitado, él es todo en todos: se ha
identificado con todos y cada uno; puede ser uno cualquiera,
porque todos somos él.

Otra explicación puede encontrarse en el hecho de que para
reconocer a Jesús es siempre necesaria la fe. Mientras estuvo
en la tierra en carne mortal fueron muchos los que no creyeron
en él y no supieron reconocer al Hijo de Dios en la Tierra.
Ahora parece indicarnos que la fe sigue siendo necesaria para
reconocerle a Él, es decir, que los ojos de la carne son
insuficientes para advertir la realidad sobrenatural de Cristo.
En Emaús los discípulos le reconocieron al partir el pan,
es decir, en ese momento sublime de la Eucaristía. En el lago,
los apóstoles también acabaron reconociéndole en el momento en
que presenciaron la pesca sobreabundante de 153 peces grandes.

¿Se os ocurren otras razones?

Publicado por DonJoan

A la derecha, en la página de San Antonio una curiosa
interpretación de la barca de Pedro

Y en la página de temas literario, una poesía de
J.L.Martín Descalzo muy cercana al tema de hoy.

La Paz sea con vosotros

De Mons. Antonio Bacci

La Pascua. Precursora de la paz.
Cuando Jesús nació en la gruta de Belén, el cielo se iluminó con luz misteriosa y los ángeles cantaron: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Y cuando el Señor resucitó de la muerte, saludó a los Apóstoles con las palabras:”Paz a vosotros”. La paz es un don de Dios; por eso sólo Dios puede dar la verdadera paz. También la paz del mundo es algo; pero no es la plena y verdadera paz del corazón, que tiene que venir de lo alto. Por eso Jesús dijo a los Apóstoles: “Mi paz os dejo, mi paz os doy… Os la doy no como la da el mundo. La paz del mundo es la paz exterior, que los hombres pueden turbar o quitar; pero la paz de Dios es la paz interior, es la paz que nadie nos puede quitar, sino el pecado.

Dice Santo Tomás: “La plenitud de la alegría es la paz”. También define a la paz como “La tranquilidad en el orden y San Agustín: “Una ordenada concordia”.

Lo importante es que todas estas definiciones de la paz se den, en primer lugar, dentro de nosotros, en nuestra mente y corazón y en todas nuestras acciones.

También hay una meditación de San Antonio sobre la paz en su página de la derecha.

Ganatienpos y pasatiempos religiosos creados por Rosa Mac Mahon